De mi cosecha

En memoria de las víctimas

Hoy sobran las palabras, así que me sumo al minuto de silencio, porque ya está todo dicho.

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01:00 | cuervoingenuo | 1 Comentarios | #

Será un inculto, pero no miente (o de porqué Israel no puede ser considerado un estado moderno y no es equiparable a ninguna de las democracias occidentales).

Ya ha salido en ABC una respuesta de Jon Juaristi al artículo de Juan Aranzadi. Lo único que encuentro en común en los vilipendios -que no críticas- al artículo- es la ausencia de argumentos en un debate racional. Sólo veo insultos y descalificaciones.
Entre otras cosas lo llaman "inculto" y lo acusan de no conocer la realidad israelí, repitiendo la manida frase que dice que los árabes israelíes viven mil veces mejor que sus vecinos de los paìses árabes. Eso lo sabemos todos, pero que vivan mil veces mejor que ellos, no significa que sean ciudadanos de pleno derecho dentro de Israel, y lo confirma un israelí, superviviente de los campos de concentración, procedente del establishment israelí y disidente político. Me refiero al profesor emérito de química de la Universidad Hebrea de Jerusalén Israel Shahak, quien en su ensayo "Historia judía, religión judía, el peso de tres mil años" hace un análisis demoledor del sionismo y de los supuestos logros del Estado de Israel, que en los medios de la propaganda sionista es siempre presentado como modelo de democracia y modernidad, en contraposición a los estados árabes e islámicos vecinos. Paso a transcribir aquí unos párrafos muy reveladores.

Extraído de libro de Israel shahak "Historia judía, religión judía: el peso de tres mil años".

"Para ilustrar la diferencia crucial que hay entre Israel como «estado judío» y la mayoría de los otros estados, empecemos por ver la definición oficial israelí del término «judío. Según esta definición oficial, Israel «pertenece» a aquellas personas que las autoridades israelíes definen como «judíos» (al margen de dónde vivan) y solamente a ellas. Por otra parte Israel no «pertenece» oficialmente a sus ciudadanos no-judíos, cuyo status se considera, incluso oficialmente, menor. Esto significa en la práctica que si los miembros de una tribu peruana se convierten al judaísmo, y por tanto se les considera judíos, tienen inmediatamente derecho a convertirse en ciudadanos israelíes y a beneficiarse aproximadamente de un 70 % de la tierra de Cisjordania, (y del 92 % de la tierra en el área de Israel propiamente dicha) y destinada oficialmente al disfrute exclusivo de los judíos. A todos los no-judíos (no sólo a todos los palestinos) se les prohibe beneficiarse de estas tierras. (La prohibición rige incluso para los árabes israelíes que han servido en el ejército israelí y han llegado a ocupar altos rangos). De hecho, el caso de los peruanos convertidos al judaísmo ocurrió hace algunos años. A estos judíos recién creados se les asentó en Cisjordania, cerca de Nablús, en una tierra de la que se excluye oficialmente a los no-judíos. Todos los gobiernos israelíes están asumiendo enormes riesgos políticos , incluído el riesgo de guerra, para que estos asentamientos, integrados exclusivamente por personas definidas como «judías» (que no «israelíes», como falazmente sostiene la mayoría de los medios de comunicación), se sometan sólo a la autoridad «judía».
Sospecho que a los judíos de Estados Unidos o de Gran Bretaña les parecería antisemita que los cristianos propusieran que Estados Unidos o Gran Bretaña propusieran convertirse en «estados cristianos», perteneciente sólo a ciudadanos definidos oficialmente como «cristianos». La consecuencia de una doctrina así sería que los judíos que se convirtieran al cristianismo se volverían ciudadanos de pleno derecho gracias a su conversión. Conviene recordar que los judíos conocen de sobra los beneficios de las conversiones por su propia historia. Cuando los estados cristianos e islámicos discriminaban a todas aquellas personas que no pertenecían a la religión del estado, incluidos los judíos, la discriminación contra los judíos se suprimía de inmediato a través de la conversión. Un no-judío discriminado por el Estado de Israel dejará de estarlo en el momento en que se convierta al judaísmo. Lo cual demuestra, sencillamente, que el mismo tipo de exclusivismo que la mayoría de los judíos de la diáspora considera antisemita, es considerado por la mayoría de los judíos como judío. Oponerse a la vez al antisemitismo y al chovinismo judío se considera de manera generalizada entre los judíos como «autoodio», concepto que a mi juicio es absurdo.
De este modo el significado del término «judío» y de sus términos afines, incluído «judaísmo», se vuelve, en el contexto de la política israelí tan importante como el significado de «islámico» cuando lo usa oficialmente Irán o el de «comunista» cuando lo usaba oficialmete la Unión Soviética. Sin embargo el significado del término «judío» en su uso popular no está nada claro, ni en hebreo, ni cuando se traduce a otros idiomas, y por tanto el término tuvo que definirse oficialmente.
Según la ley israelí se considera «judía» a una persona si su madre, su abuela, su bisabuela o su tatarabuela fueron judías de religión; o si la persona se convirtió al judaísmo de una manera satisfactoria para las autoridades israelíes; y con la condición de que la persona en cuestión no se haya convertido del judaísmo a otra religión, en cuyo caso Israel deja de considerarla «judío». De las tres condiciones, la primera representa la definición talmúdica de «quién es judío», profesada por los judíos ortodoxos. El talmud y la ley rabínica posttalmúdica también reconocen la conversión de un no-judío al judaísmo (...) como método para volverse judío, siempre que la conversión la lleven a cabo, de la manera adecuada, rabinos autorizados. Esta «manera adecuada» conlleva, para las mujeres, que tres rabinos las inspeccionen desnudas en un «baño de purificación», ritual este que, aún siendo conocido por todos los lectores de la prensa hebrea, no se menciona a menudo en los medios de comunicación ingleses a pesar de su indudable interés para ciertos lectores. Espero que este libro sea el comienzo de un proceso que rectifique esta inconsistencia.
"Pero hay una urgente necesidad de definir oficialmente quién es y quién no es «judío». El Estado de Israel discrimina oficialmente en favor de los judíos y en contra de los no judíos en muchos ámbitos de la vida, entre los cuales hay tres que considero de suma importancia: derecho de residencia, derecho de trabajo y derecho de igualdad ante la ley. La discriminación en cuanto a la residencia se basa en el hecho de que en torno al 92 % de la tierra de Israel es propiedad del Estado y esa propiedad la administra la Autoridad de la Tierra de Israel según las regulaciones establecidas por el Fondo Nacional Judío (JNF), una institución filiial de la Organización Sionista Mundial. En sus normativas el JNF niega el derecho a residir, a abrir un negocio, y a menudo incluso a trabajar, a aquel que no sea judío, por el mero hecho de no serlo. Al mismo tiempo a los judíos no se les prohibe residir o abrir negocios en ningún lugar de Israel. Si se aplicasen en otro estado contra los judíos, tales prácticas discriminatorias serían tachados instantanea y justificadamente de antisemitas y sin ninguna duda desatarían grandes protestas públicas. Cuando las aplica Israel como parte de su «ideología judía» se suele hacer un esfuerzo por ignorarlas, o en las raras ocasiones en que se mencionan, por excusarlas.
La denegación del derecho al trabajo significa que a los no-judíos se les prohibe oficialmente trabajar en tierras administradas por la Autoridad de Tierras de Israel según las normativas del Fondo Nacional Judío. Sin duda estas regulaciones no siempre, ni siquiera a menudo, se hacen respetar, pero existen. De vez en cuando las autoridades estatales de Israel emprenden campañas para hacer cumplir la ley, como por ejemplo cuando el Ministerio de Agricultura toma medidas contra «la pestilencia de permitir que las cosechas de los huertos frutícolas pertenecientes a judíos y situados en Tierra Nacional (esto es, tierra perteneciente al Estado de Israel) sean realizadas por trabajadores árabes», aún cuando los trabajadores en cuestión sean ciudadanos del Estado de Israel. Israel también prohibe estrictamente que los judíos establecidos en «Tierra Nacional» subarrienden a árabes una parte de su tierra, ni siquiera por poco tiempo, y a los que lo hacen se les castiga, por lo general con fuertes multas. No hay ninguna prohibición que impida a los no judíos alquilar su tierra a judíos. Esto significa, en mi caso, que por ser judío tengo derecho a que otro judío me alquile un huerto para cosechar sus frutos, pero un no judío, ya sea ciudadano de Israel o extranjero residente, no tiene ese derecho.
Los ciudadanos no-judíos de Israel no tienen derecho a la igualdad ante la ley. Esta discriminación se expresa en muchas leyes israelíes en las que, cabe suponer que, con el fin de evitar situaciones embarazosas, los términos «judío» y «no-judío» no constan explícitamente, al contrario de lo que ocurre con la crucial Ley del Retorno. Según esa ley, sólo aquellas personas reconocidas oficialmente como «judías» tiene el derecho automático a entrar en Israel y establecerse allí. Automáticamente reciben un «certificado de inmigración» que a su llegada les provee de « la ciudadanía en virtud de su regreso a la patria judía» y les da derecho a muchos beneficios financieros, que varían algo según sea el país desde el cual hayan emigrado. Los judíos que emigran de los estados de la antigua URSS reciben una «ayuda a la integración» de más de 20000 dólares por familia. Todos los judíos que emigran a Israel según esta ley adquieren de inmediato el derecho a votar en las elecciones, y a ser elegidos para la knesset [parlamento], incluso aunque no hablen ni una sola palabra de hebreo.
Otras leyes israelíes adoptan formulaciones más obtusas, como «todo aquel que puede inmigrar según la Ley del Retorno» y «todo aquel que no puede inmmigrar según la Ley del Retorno». Dependiendo de esta ley se conceden, pues, beneficios a la primera categoría y se deniegan a la segunda. El medio habitual de imponer la discriminación es el carné de identidad, que todo el mundo está obligado a llevar encima en todo momento. Los carnets de identidad incluyen la «nacionalidad» oficial de una persona, que puede ser «judía», «árabe», «drusa» o algo similar, con la significativa excepción de «israelí». Los intentos de presionar al Ministerio del Interior para que permita a los israelíes que así lo deseen describirse a sí mismos oficialmente como «israelí», o incluso como «judío israelí» han fracasado. Los que lo han intentado han recibido una carta del Ministerio del Interior indicando que «se ha decidido no reconocer una nacionalidad israelí» . La carta no especifica quién tomó esa decisión ni cuándo.
(...)
Israel también propaga entre sus ciudadanos judíos la ideología exclusivista de la Redención de la Tierra. Su objetivo oficial de reducir al mínimo el número de no-judíos se percibe bien en esta ideología, que se inculca a los escolares judíos de Israel. Se les enseña que se aplica a toda la extensión del Estado de Israel, o bien, desde 1967, a lo que recibe el nombre de Tierra de Israel. Según esta ideología, la tierra que ha sido «redimida» es la tierra que ha pasado de ser propiedad no-judía a ser propiedad judía. La propiedad puede estar en manos privadas o bien en manos del Fondo Nacional Judío o del Estado Judío. La tierra que pertenece a no-judíos se considera por el contrario, «no redimida». Así, si un judío ha cometido los crímenes más siniestros imaginables compra la tierra a un no-judío virtuoso la tierra «no redimida» pasa a estar «redimida» en virtud de esta transacción. Sin embargo si un no-judío virtuoso adquiere tierra del peor de los judíos, la tierra antes pura y «redimida» vuelve a estar «no redimida». La conclusión lógica de una ideología así es la expulsión, llamada «traspaso» de todos los no-judíos de la zona de tierra que hay que «redimir». Así pues, la utopía de la «ideología judía» adoptada por el Estado de Israel es la utopía de una tierra que esté completamente «redimida» y en la que no haya partes poseídas o trabajadas por no judíos. Los líderes del movimiento sionista laborista expresaron esta repugnante idea con suma claridad."

No quiero terminar sin antes contestar al artículo de Juaristi, donde dice algo tal que esto:


"Al parecer, salvo Israel, ningún Estado establece o ha establecido distinciones identitarias entre sus ciudadanos en función de la pertenencia de los mismos a diversos grupos religiosos o étnicos. Conclusión: la separación de ciudadanía y nacionalidad auspiciada por el nacionalismo vasco sólo ha podido inspirarse en Israel, que discrimina entre sus ciudadanos judíos y de otros credos a fin de proceder en un futuro indeterminado a la exclusión o expulsión de estos últimos".

Tiene razón el Doctor Juaristi. Ha habido otros muchos estados que han hecho tal distinción. Sin ir más lejos, Ruanda (entre Hutus y Tutsis), la Sudáfrica del Apartheid y también la Alemania Nazi. Que yo sepa, ningún estado moderno democrático (Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, la UE) practica tal política. ¿Se imaginan qué dirían Juaristi y nuestro amigo Jaim si se proclamara una ley que en nuestro país, España, exigiera consignar en el DNI la filiación étnica o religiosa?

Fulanito de tal: Cristiano católico, payo
Menganito de cual: Cristiano, gitano
Zutanito de Acuyá: Árabe Musulmán
Jaim: Judío









01:00 | cuervoingenuo | 5 Comentarios | #

Los nacionalistas: cortados por la misma tijera

El nacionalismo es irracional, sea del tipo que sea. Quienes lo defienden suelen ser personas poco o nada dialogantes que se limitan a repetir los clichés que se han impuesto y que los definen.
Un ejemplo lo tenemos en el sitio "Es-Israel

http://www.es-israel.org

A raíz de un artículo publicado por Juan Aranzadi en El País -y que reproduzco al final- en el que compara en nacionalismo vasco con el nacionalismo judío, esto es el sionismo, tuvo lugar el siguiente "debate":

Alguien envió una carta de protesta a la redacción de El País, quejándose de que el señor Aranzadi cometía el grave pecado antisemita que solemos cometer los españoles desde la edad Media, que es, según sus palabras, "denigrar al contrario comparando lo que no nos gusta con los judíos". En el artículo Aranzadi viene a decir que, según el Plan Ibarretxe, el estatus de los vascos no nacionalistas sería parecido al de los ciudadanos israelíes no-judíos, esto es ciudadanos de segunda, cosa que molestó mucho a Jaim, el que suscribe la susodicha carta a "El País".
Entonces yo respondí:

Re: Carta enviada a El País (Puntuación 0)
por Visitante anónimo el Lunes, 21 febrero a las 21:31:32
Bueno, pues aclárenme una duda: ¿existe entonces alguna diferencia sustancial entre lo que es el estado judío y el estado vasco o euskaldún que prefigura el plan Ibarretxe?, o dicho de otro modo: ¿existe alguna diferencia fundamental entre el nacionalismo vasco y el nacionalismo judío o sionista?
No afirmo nada, sólo son preguntas de alguien que no entiende a alguien que sí entiende.

Respuesta de Jaim:

Re: Carta enviada a El País (Puntuación 1)
por jaim el Lunes, 21 febrero a las 21:48:41
(Información del Usuario | Enviar un Mensaje)
Menos bromas


Pero yo sólo pedía una breve explicación...

Respuesta de otro visitante anónimo:



Re: Carta enviada a El País (Puntuación 0)
por Visitante anónimo el Martes, 22 febrero a las 03:23:17
En política, las comparaciones y las analogías son siempre falsas. Decir: lo que pasa con el pueblo A es idéntico a lo que pasa con el pueblo B es lógicamente inválido, porque el pueblo A no es el pueblo B, y ambos tienen distinta historia, etc. Las comparaciones sólo sirven para confundir y tergiversar la realidad.


Respuesta típica de otro nacionalista: el pueblo A (generalmente aquél al que pertenecemos nosotros) tiene derecho a reclamar tal y tal... mientras que el pueblo B no.

Pero no responden a mi pregunta.

Entonces yo respondo:

"¿Entonces no puede inscribirse al sionismo dentro de los nacionalismos románticos decimonónicos, que defienden el concepto de "tierra ligada a pueblo" o a etnia, en contraposición a la noción de Estado moderno, que se define como "Estado de sus ciudadanos"?"

Esta pregunta no sólo no me la respondió nadie, sino que el administrador -sospecho que es el tal Jaim- la retiró del foro.

Sí señor. Eso es democracia y diálogo.

Aquí pongo el artículo y la carta que fue enviada a la redacción de "El País" con el enlace correspondiente.

Por cierto, no se pierdan las intervenciones que se permiten publicar ahí (voy a poner un retazo):




Re: Denigrar al contrario comparándolo con los judíos (Puntuación 1)
por Tikva el Martes, 22 febrero a las 14:24:55
(Información del Usuario | Enviar un Mensaje) http://legadosefardi.org
Evidentemente este señor tiene una escasa cultura y utiliza por ello la clásica demagogia de comparación, y quién mejor para ello que el pueblo judío o el Estado de Israel. Quienes vivimos en España, sabemos perfectamente cuál es el ideal separatista vasco, cuáles son sus argumentos y cuáles las justificaciones del terrorismo. Pero comparar esto con Israel me parece un claro intento de manipulación de la Historia y de los hechos. Siempre el mismo "chivo expiatorio", siempre una realidad diezmada y acomodada a la intransigencia cristiano-feudal que aún pervive en nuestra tierra. Cualquier Estado democrático merece un respeto, pero Israel no. Este señor no ha argumentado nada por ejemplo en comparación a algún país árabe, de esos que viven bajo el terror de los imanes o de la religión utilizada para dominar.
Lo lamentable, es que este tipo de comparaciones, de argumentos antisemitas, no tendrían audiencia entre una población algo más culta , pero tenemos lo que tenemos: el triunfo de la mediocridad, unos medios de comunicación que han ocupado el puesto de la Iglesia en su afán de conducir a las masas. Luego, estupefactos, nos reímos de la difusión en los países musulmanes de la noticia de que los judíos e Israel provocan maremotos y huracanes. La comparación de este articulo es lo mismo: una comparación tendenciosa e irreal que creerán quienes leen la prensa, aquellos que han permitido que personajes de este cariz les abonen las ideas.
A veces no hay grandes diferencias entre el mundo musulmán y el mundo supuestamente occidental.

La negrita es mía.

Y aquí va el artículo y la carta (podéis leerlo en

http://www.es-israel.org/modules.php?name=News&file=article&sid=2088





Denigrar al contrario comparándolo con los judíos
Ibarretxe en Israel


Juan Aranzadi es escritor y profesor de Antropología de la UNED.

EL PAÍS (España) - Opinión - 21-02-2005

Desconozco si los redactores del llamado plan Ibarretxe han tenido asesores israelíes o simplemente han buscado y encontrado inspiración para su proyecto político de Estado vasco y democrático (asociado a España) en el sionismo y en su legitimación étnico-religiosa del Estado judío y democrático de Israel. Pero me cuesta creer que sean casuales las llamativas analogías que se registran entre el proyecto abertzale y la realidad sionista.

La principal semejanza -y, en buena medida, el hilo ideológico del que, tirando, sale todo el ovillo político- es la proyectada distinción legal entre ciudadanía y nacionalidad: entre ciudadanía vasca común, de la cual disfrutarían democráticamente todos los que en la actualidad "viven y trabajan" en la Comunidad Autónoma de Euskadi (es decir, sólo parte de los que actualmente "viven y trabajan" en lo que los abertzales denominan Euskal Herria y los historiadores País Vasco, sólo parte del ilustre Pueblo Trabajador Vasco tan caro a la ETA de los setenta) y nacionalidad distintiva libremente elegida (vasca o española: ¿también francesa, catalana, gallega, andaluza o extremeña?, ¿también navarra, alavesa, vizcaína, guipuzcoana, labortana o suletina?).

En el actual Estado de Israel, la "ley de registro de la población" de 1965 (cf. Claude Klein, La démocratie d'Israel, Seuil, Paris, 1997) exigió a los residentes en el territorio del Estado y a quienes quisieran residir en él que hicieran explícita, entre las trece inscripciones identificatorias -algunos prefieren subjetivizarlas y llamarlas "identitarias"- que dicha ley solicitaba (nombre, fecha de nacimiento, estatuto personal, etc.), la distinción entre tres rasgos definitorios de los individuos: 1. Ciudadanía, nacionalidad legal o administrativa, concedida por el Estado al que se pertenece (por ejemplo: israelí, jordano, libanés, francés o japonés); 2. Lo que en hebreo llaman dat y suele traducirse traidoramente como "religión": adscripción a una u otra iglesia, secta, denominación o comunidad "religiosa" (por ejemplo: judío, católico, musulmán, luterano, baptista o mormón), y 3. Lo que en hebreo llaman leom y suele traducirse traidoramente como "etnia" o nacionalidad lingüístico-cultural (por ejemplo, judío, árabe o druso).

A efectos legales y políticos, esta distinción con un criterio aparentemente triple (jurídico-político, religioso y étnico) se reduce a una oposición binaria entre judíos y no-judíos, tanto dentro como fuera del Estado de Israel: 1. En el interior del Estado establece una distinción entre ciudadanos israelíes judíos y ciudadanos israelíes no-judíos (mayoritariamente árabes y musulmanes, pero también árabes cristianos, drusos y no-árabes de distintas religiones); 2. Fuera del cambiante territorio del Estado israelí, en la llamada "diáspora", la distinción entre judíos y no-judíos (en hebreo, goyim; en griego, ethné; en latín, gentes; en cristiano, gentiles: las otras "naciones", todos los demás "pueblos", los que no forman parte del "pueblo elegido") se vincula a la respuesta jurídico-política a una pregunta étnico-nacional crucial para la constitución y perduración del Estado israelí como Estado judío: ¿quién es judío y tiene por tanto derecho a acogerse a la Ley del Retorno, es decir, a emigrar a Israel, a establecerse en territorio israelí como ciudadano de pleno derecho desde el primer día y a disfrutar de las importantes ayudas que el Estado israelí concede para ello?

No hay que ser muy perspicaz ni suspicaz para presumir que lo que subyace a la distinción entre ciudadanía y nacionalidad proyectada por el plan Ibarretxe es el intento de instaurar una análoga oposición entre vascos y no-vascos, una oposición quizá mejor disfrazada terminológicamente que en el caso judío-israelí por el uso del mismo adjetivo ("vasco") para calificar tanto la ciudadanía como la nacionalidad. Y esa oposición tiene también en el caso vasco una doble significación, interior y exterior, aunque la pertinencia exterior de la misma no aparezca todavía legalmente explicitada: 1. En el interior de la actual Comunidad Autónoma de Euskadi, dentro de los ciudadanos vascos se establece una oposición entre vascos nacionales o de nacionalidad vasca ("vascos íntegros", "vascos totales" o "vascos puros") y vascos no-nacionales o de nacionalidad no-vasca ("vascos parciales", "medio vascos" o "vascos a medias"). Inicialmente esta oposición se presenta como una distinción puramente ideológica, de valor puramente simbólico, y no parece estar ligada a discriminaciones jurídico-políticas. 2. Fuera de la actual Comunidad Autónoma de Euskadi, tanto en los demás territorios próximos que los abertzales consideran poblados desde hace milenios por el "pueblo vasco" y a los que denominan Euskal Herria (Navarra y el País Vasco francés) como en el resto del globo terráqueo poblado por etnias, naciones o pueblos que balbucean o barbarizan en erdera (término único para designar a todas las pseudo-lenguas que no son el sagrado euskera, la lengua adánica), la oposición entre vascos y no-vascos en el ámbito de la nacionalidad implicaría sin duda que el Gobierno vasco concedería pronto la nacionalidad vasca a cuanto vasco étnico o voluntario del resto de Euskal Herria o de la llamada "diáspora vasca" (en España y América sobre todo) lo solicitase, a modo de promesa o de esperanza de una posterior concesión de ciudadanía vinculada a la expectativa de expansión territorial de Euskadi.

Es cierto que según las previsiones legales explícitas del plan Ibarretxe la adopción de la nacionalidad vasca por los ciudadanos vascos sería una elección libre exclusivamente dependiente de su voluntad y no sometida a criterio étnico objetivo alguno (lingüístico, cultural o "racial" -descendencia o nacimiento-) y que nada se dice en dicho plan de los criterios de concesión de la nacionalidad vasca a ciudadanos no-vascos, a gentes de fuera de la Comunidad Autónoma, pero lo ocurrido en Israel al respecto puede ayudarnos a imaginar cómo sería el futuro vasco, especialmente si se tienen en cuenta otras importantes analogías míticas, jurídicas, políticas y territoriales entre el proyecto vasco y la realidad israelí.

Más allá de la incorrección de determinados aspectos o formas legales del plan Ibarretxe (como la aspiración a una reforma de la Constitución bajo la apariencia de una reforma del Estatuto) y más allá incluso de la polémica acerca de la global consistencia o inconsistencia jurídica del intento de aprovechar para la reforma conjunta de Constitución y Estatuto la grieta suicida que ideológicamente representa para ambos textos la contradicción interna que supone acoger en su seno el respeto a los "derechos históricos", lo que en mi opinión constituye el rasgo jurídico-político más notable del plan Ibarretxe es algo que recuerda mucho a lo ocurrido en la fundación del Estado de Israel: el desajuste entre legalidad y legitimidad, el desajuste entre el fundamento legal de la realidad jurídico-política que se aspira a construir y la legitimación ideológica de ese ordenamiento legal.

El aparente fundamento legal del plan Ibarretxe es una determinada interpretación jurídica de la Constitución y del Estatuto que, en opinión del lehendakari y de sus asesores legales, habría permitido que, de haber existido voluntad política para hacerlo, su aprobación hubiera aparecido como un paso enteramente legal, como una transición "de la ley a la ley" bastante menos tortuosa y anómala que la que permitió la reforma legal del franquismo, conducente, sin ruptura de la legalidad, a la vigente Constitución monárquico-democrática. Pero bajo la apariencia de esa forma legal, el plan Ibarretxe, tras arrojarse en tromba por ese agujero negro de la lógica constitucional que son los derechos históricos, descansa finalmente, desde su preámbulo doctrinal, en un fundamento legitimador muy distinto: la proclamación dogmática de la soberanía de un mítico pueblo vasco milenario. No es muy diferente, todo hay que decirlo, la relación ideológica entre el articulado democrático de la Constitución española y su monárquico Preámbulo, que hace desfilar como sujetos de la soberanía -por este órden- al Rey, a la Nación española, al pueblo español, a "los pueblos de España" y a "la voluntad popular".

De modo análogo al referido desajuste del plan Ibarretxe, el fundamento legal de la fundación del Estado de Israel en 1948 es una resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas que establece dos Estados con límites territoriales cuidadosamente trazados en el territorio de la Palestina bajo mandato británico, territorio palestino cuya población era mayoritariamente árabe. Lo que el Derecho Internacional establece en 1948 no es, como suele decirse, un Estado judío y un Estado árabe, sino un Estado en el territorio palestino sin población judía y otro Estado en el territorio palestino con fuerte presencia de población tanto judía como árabe, territorio éste que Naciones Unidas pone bajo la responsabilidad de la Agencia Judía, a la cual la potencia mandataria, Gran Bretaña, había concedido previamente jurisdicción sobre la mayor parte del mismo.

Ése es el único fundamento legal del Estado de Israel, pero no fue ésa la única ni la principal legitimidad que en su Declaración de Independencia invocó el Consejo del Pueblo de Israel que se autoatribuyó el liderazgo y representación del nuevo Estado. Lo que dicha Declaración proclama es mucho más que lo que Naciones Unidas estableció, mucho más y muy distinto: 1.Un Estado judío. Lo cual quiere decir no sólo un Estado "para los judíos", sino también -en palabras de la Declaración de Independencia- "un Estado fundado en la justicia, la libertad y la paz según el ideal de los profetas de Israel", un Estado oficialmente laico y democrático, pero con numerosas "lagunas religiosas" en el Derecho Público y Privado y en el que el judaísmo y los rabinos gozan de innumerables exenciones y provilegios; 2. Un Estado "en Eretz Israel", expresión bíblica que significa la unión inseparable del pueblo judío con su tierra, la tierra prometida por Yahvé. Lo cual supone la legitimación bíblica de dos aspiraciones étnico-políticas que los sucesivos Gobiernos israelíes se han esmerado en satisfacer: la conquista de un territorio muy superior en extensión al concedido por la ONU (el Gran Israel de "fronteras bíblicas", entre el Mediterráneo y el Jordán como mínimo) y la expulsión o exterminio de la población no-judía de ese territorio, y 3. Un Estado "abierto a la inmigración judía y a la Reunión de los judíos del Exilio".

Tanto el plan Ibarretxe como la Declaración de Independencia de Israel utilizan la legalidad establecida, española e internacional, respectivamente, para subordinarla a la legitimación mítica de un proyecto étnico-político. Además, en ambos casos se empieza por aceptar la constitución legal de una entidad política nacional en sólo una parte del territorio que esa legitimación mítica permite reivindicar (Eretz Israel en el caso judío, Euskal Herria en el caso vasco) y se empieza también aceptando el derecho de ciudadanía y la aparente igualdad de derechos democráticos de los no-nacionales: de los no-judíos en Israel, de los ciudadanos vascos de nacionalidad no-vasca en Euskadi. Se empieza por ahí, pero ¿por dónde se sigue?

A semejanza del plan Ibarretxe, tampoco el Estado de Israel se preocupó inicialmente, tras su constitución en 1948, por establecer un criterio claro de nacionalidad o etnicidad judía y reconoció legalmente como judíos -a efectos de inmigración, por ejemplo- a quienes "subjetivamente" se declaraban como tales, sin exigirles el cumplimiento de requisito étnico "objetivo" alguno. Pero muy pronto los problemas de aplicación de la Ley del Retorno obligaron al Estado de Israel a definir legalmente la nacionalidad judía, quién es judío y quién no. No nos importan aquí los múltiples galimatías, absurdos y paradojas generados por ese sisífico intento de clarificar las interrelaciones entre dat ("religión") y leom ("etnia") y su peso respectivo en la final definición de la judeidad que sólo considera étnicamente judíos a los hijos de madre judía no convertidos voluntariamente a otra religión y a los conversos al judaísmo. Lo que nos importa destacar es cuáles fueron los siguientes pasos legales: 1. Excluir a los no-judíos así definidos de los derechos de inmigración, ciudadanía y asentamiento en Eretz-Israel establecidos por la Ley del Retorno. 2. Excluir, dentro de Israel, a los no-judíos, eufemizados en la legislación israelí como "aquellos que no tienen derecho a acogerse a la Ley del Retorno", de los numerosos derechos, sobre todo económicos, vinculados a la concepción judía de la relación sagrada entre pueblo judío y tierra judía (Eretz-Israel), que prohíbe a un no-judío ser propietario de tierra judía.

La distinción legal proyectada por el plan Ibarretxe entre ciudadanos vascos de nacionalidad vasca y de nacionalidad no-vasca puede que no tenga hoy más que una importancia simbólica, pero el ejemplo israelí nos incita razonablemente a temer que pueda servir mañana para excluir a los ciudadanos "medio vascos" de Euskadi de determinados derechos y privilegios reservados a los "vascos íntegros" de Euskadi, de Euskal Herria y de la "diáspora vasca". Ese razonable temor se agudiza a la luz del resto de las analogías que se registran entre ambos casos y que llevan a la conclusión de que el Estado judío y democrático de Israel es el espejo étnico en el que se miran Ibarretxe y su sueño del futuro Euskadi.

Por eso produce cierta extrañeza que algunos de los más furibundos críticos del plan Ibarretxe sean fanáticos defensores del Estado de Israel y que las muchas voces que han criticado, en nombre de la democracia, la proyectada distinción entre ciudadanía vasca y nacionalidad vasca, nada tengan que decir sin embargo sobre la análoga y vigente distinción entre ciudadanía española y nacionalidad española. En un Estado democrático de ciudadanos, ¿por qué y para qué la nación, la nacionalidad y toda su repulsiva parafernalia?



Nota:
Esto es lo que ha hecho el profesor y antropólogo autor de dicho artículo. Una rancia realidad ya muy manida en España: Comparar lo que no nos gusta, para denigrarlo, con los judíos. ¿Que peor cosa que los judíos y el Estado de Israel no ? El mencionado autor -culto él- se da además el "gustazo" de tildarnos de genocidas... "

Publicado el Lunes, 21 febrero a las 19:48:25 por jaim


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Sr. Director,

Durante muchos siglos no hubo judíos en España, pero todos los males venía de ellos. A los protestantes se les tildaba judíos, a los liberales se les llamaba judios...Recientemente la conspiración jude-masónica en españa restaba de moda entre los fascistas. Hoy los judíos en España somos apenas unos millares; pero la "broma" de denigrar a alguien comparándolo a los judíos, o a Israel se sigue practicando. Desde su periódico el profesor Juan Aranzadi repite todos los tics de la judeofobia moderna comparando el Plan Ibarretxe y todos sus males para denigrarlo más a Israel y los judíos. Esto lo hace todo un antropólogo y además profesor universitario al que debemos confiar la educación del futuro de nuestro país. Creeríamos a priori que todos estos tics serían a priori de gente inculta... nada más lejos de la realidad... Alguien dirá ¿Que tiene de malo que un profesor de antropología compare realidades sociales desde un periódico? Nada a priori; pero si que realmente se convierte en tristeza y en calumnia cuando se miente y se tergiversa la realidad para denigrar una situación y a un pueblo. Entre otras mentiras habla de exterminio por parte de Israel a los palestinos ( cuando más de un millon de ciudadanos israelíes son árabes, tienen reptresentación democrática y su lengua es cooficial a nivel de todo el estado de Israel... y dicho profesor lo sabe) Además resulta que de unos 600.000 árabes que fueron obligados a retirarse por los países árabes en 1948 e internados en campos de refugiados para poder acabar más libremente con Israel, hoy dicen ser más de 4 millones ¿Donde está el exterminio?. No se puede ser más retorcido y mentir en esos temas como el profesor de antropología. Yo , ciudadano español -así lo dice mi pasaporte- y judío me averguenzo de compartir pasaporte con dicho señor. Si quiere combatir el plan Ibarretxe, compararlo con Israel y los judíos para demonizarlo es caer en lo más bajo de la judeofobia clásia española inquisitorial.

Jaim






















01:00 | cuervoingenuo | 2 Comentarios | #

Presentación

Decía Hermann Hesse que una de las enfermedades del espíritu a la que debemos la situación actual de la humanidad es el delirio de grandeza del nacionalismo. Esto lo dijo tras la segunda guerra mundial, cuando Europa y el mundo se habían visto casi reducidas a ruinas humeantes en un corto período de tiempo. Estoy totalmente de acuerdo con él. También incluye en esta misma sentencia a los delirios de grandeza de la técnica, aunque curiosamente se olvida de la religión. El nacionalismo moderno en cierto modo es el heredero y sucesor de las guerras de religión. En cuanto a los delirios de grandeza de la técnica, hay que tener mucho cuidado de no confundirse con el típico tópico posmoderno de que la ciencia y la tecnología son la madre de todos nuestros males, y que hay que mirar con ojos románticos y anhelantes al pasado, ese pasado idílico en el que no había sofisticados carros de combate ni bombarderos... Esa visión simplificadora del pasado es curiosamente la que caracteriza a toda ideología religiosonacionalista totalitaria y fundamentalista.
Decía Carl Sagan que usamos los productos de la ciencia, mientras desconocemos sus métodos. Es cierto. Vivimos en una época en la que nuestra más obtusa irracionalidad convive con nuestra más alta capacidad de crear armas de destrucción masiva. Somos como niños en una carpintería: jugamos con las sierras eléctricas sin saber muy bien con qué estamos jugando e inebitablemente terminamos por hacernos daño. El problema no radica en las sierras eléctricas, sino en nuestro infantilismo.
Siento la tentación de declararme antirreligioso y antinacionalista, considerando ambos fenómenos como atavismos que ya es hora de dejar atrás en nuestro camino hacia una sociedad más racionalista, por el bien de toda la humanidad. Pero esta postura quizá no sea menos mesiánica y peligrosa que la utopía en su sentido lato, ya sea religiosa o política. No somos ángeles ni seres espirituales ni pontencialmente espirituales. Sólo somos primates con un alto grado de inteligencia en comparación con los más inteligentes de los primates no humanos. ¿Esto qué significa? Que por naturaleza seguimos siendo agresivos, territoriales y xenófobos, con la única diferencia de que podemos ser conscientes de ello -aunque no siempre lo seamos-.
Nuestro instintivo miedo a la noche y a los depredadores, deriva, en nuestros cerebros de primates parlanchines, en complejas y ricas supersticiones, y en última instancia en la religión; la competencia por los recursos naturales y la territorialidad, en los nacionalismos. Es por tanto ilusorio creer que algún día acabarán por fin las guerras, las disputas, el racismo... Pero sí podemos estar atentos a las voces primitivas de nuestro interior que con increíble facilidad nos empujan a la barbarie y a la locura casi sin darnos cuenta. Mantener una postura crítica hacia doctrinas y líderes políticos y religiosos que vehementemente intentan manipularnos porque conocen bien la naturalezza humana.
Esta bitácora no pretende ser un compendio de insultos y descalificaciones gratuítas a toda forma de religión, nacionalismo y demás comportamientos irracionales, sino una crítica razonada, o lo mejor razonada posible, de los argumentos de autoridad, de las apelaciones al miedo -en una época en la que del miedo al terrorismo se está sacando bastante tajada- y algún que otro ataque exaltado y sin piedad a la corrección política, que en mi opinión es el preludio al totalitarismo.

01:00 | cuervoingenuo | 7 Comentarios | #

Cartas de odio en una tarde tórrida

Esto lo escribí el verano pasado, tras llegar a casa de dar una clase en una tarde particularmente calurosa.

Me he hecho asiduo visitante de un centro comercial. Esta afirmación, en boca de cualquiera, no tendría posiblemente importancia,sería todo lo más una afirmación superflua y hasta impertinente. En mi caso, para los que me conocen y conocen mi aversión al consumismo desenfrenado, a esa estéril búsqueda desesperada del placer a través de los bienes de consumo, frente a la tranquila introspección y al valorar los pequeños placeres de la vida, que en su mayoría son gratis (¿cuánto cuesta un atardecer junto al mar?, ¿cuánto un bello pensamiento o unas palabras de amor sincero susurradas al oido?), puede sonar cuando menos extraño. Y es que, al igual que las personas, no todos los centros comerciales son iguales y por tanto no todas son tan malos. El de Candelaria, del que me he hecho asiduo visitante, tiene por ejemplo una librería, que lejos de ser completa al estilo de las de la gran ciudad,me ha ofrecido sorpresivamente y contra todo pronóstico, algunas alegrías, como una biografía de Severo Ochoa, por Marino Gómez-Santos y algunos buenos libros de informática en general, y de Linux en parrticular. Además, en tardes tórridas como la de hoy se convierte en una isla de frescor, artificial, pero frescor al fin y al cabo. El martes es el único día de la semana que trabajo por la tarde. Una hora de clase, de cuatro a cinco en el pueblo vecino de Las Caletillas, y ese día el centro comercial, de camino a casa, se convierte en parada obligada, un alto en el camino, un refugio del infierno abrasador donde rehidratarse y refrescar la garganta con un zumo de frutas. A esa hora hay poca gente. En la barra, en la zumería, sólo hay un parroquiano departiendo con el camarero; desde una mesa, la única que está ocupada, me saluda la empleada de la librería. Es agradable. Casi diría que parece un café de París, en lugar de una zumería corriente... ¿o será cosa de mi imaginación, que es pretenciosa?. El camarero me mira y me pregunta: «¿lo de siempre?», asiento y me dirijo a una mesa. Da gusto ser asiduo de un mismo local, pedir siempre lo mismo (en este caso un batido de mango). Que te conozcan por «el chico del batido de mango» no será muy halagador, pero sí práctico: ahorra tiempo. Bueno, supongo que no sólo me conocerán por el chico del batido de mango, sino además por el chico gordito con gafas y pelo rizado del maletín negro.
Me siento y abro el maletín. Además del libro de matemáticas y el mazo de folios en blanco, que son mi herramienta de trabajo, suelo llevar otros libros como compañeros inseparables. Hoy llevaba una edición en esperanto de "La metamorfosis" de Kafka y dos volúmenes de bolsillo que son sendas recopilaciones de artículos de Hermann Hesse por Siegfried Undsel y Volker Michaels respectivamente: "Obstinación" y "Pequeñas alegrías". Me decido por el primero, aunque no lo abro por el artículo del mismo nombre, que es, con mucho, mi preferido, sino por "Cartas de odio", 42 páginas y 2 años más adelante.
Comenta el bueno de Hermann las cartas que suele recibir de algunos jóvenes alemanes pero que representan el sentir general de la juventud alemana de la época (estamos hablando de 1921, en plena república de Weimar y a 12 años de la ascensión de Hitler al poder). En el artículo, Hesse reproduce parte de una de esas cartas, que dice, entre otras cosas: «Su arte es un hurgar libidinoso y neurasténico en la belleza, es una sirena seductora sobre humeantes tumbas alemanas que aún no se han cerrado. Odiamos a esos poetas, por muy maduro que sea su arte, que quieren convertir a los hombres en mujeres, que nos trivializan y nos quieren internacionalizar y convertir en pacifistas. So mos alemanes y queremos serlo eternamente...».
Es una pena que muchos, la gran mayoría, vean en Hermann Hesse al antirracionalista que en mi opinión no fue, o al menos no fue siempre;que sólo vean esa parte de su obra que puede alentar la superstición y las ideas extravagantes, y peligrosas, de la New Age y pasen por alto lo verdaderamente importante de su obra: la defensa del individuo frente a las colectividades, el valor y el carácter para no amoldarse, para seguir el «propio sentido» hasta las últimas consecuencias frente a modas, convencionalismos y obediencias debidas... Es penoso que pasen por alto su decidido ataque al nacionalismo, y la decidida defensa de lo transnacional, del enriquecimiento cultural al aceptar lo bueno que pueda venir de fuera, frente a la miopía y el provincianismo del nacionalismo.
Leyendo este «Cartas de odio» me vino súbitamente a la cabeza el nombre de Fernando Savater y pensé, estarán de acuerdo conmigo, que es probable, hasta posible, que también él haya recibido cartas de odio por parte de una juventud vasca educada en la sinrazón de la misma manera que aquella juventud alemana quejumbrosa y victimista. Esta constatación es, si no alarmante, sí cuando menos preocupante. Si comparamos los escritos sobre política de Hesse con los de Savater, vemos que hablan de lo mismo, se refieren al mismo problema y se constata con tristeza y frustración que en un siglo no ha cambiado nada. Nada se ha aprendido de los campos de exterminio, de las guerras, de las vidas perdidas inútilmente en las trincheras... Volvemos a estar como antes. Quizá ha
pasado el peligro en Europa de los grandes nacionalismos, los de las naciones poderosas como Alemania o Italia, pero sobreviven los pequeños nacionalismos que también pueden causar grandes daños y desestabilización, como quedó demostrado recientemente en los Balcanes, y como se constata día a día con nacionalismos como el corso, o el vasco, que nos toca más de cerca. Las palabras son las mismas: el «somos alemanes y queremos serlo eternamente» de este estudiante exaltado de 1921 no es ni más ni menos que el «somos vascos y queremos serlo eternamente», o «somos corsos, o catalanes, o españoles» etc. Los actos, tampoco han cambiado mucho: terrorismo, violencia callejera... y una vez en el poder, no quiero ni mencionarlo. No voy a hablar de política, ni voy a criticar el plan Ibarretxe; lo que me interesa es la mentalidad, la predisposición que da lugar a planes Ibarretxe y a leyes de Solución Final. el envenenamiento de la mente con artificios como «pueblo», que los pobres ingenuos se tragan masticado y digerido -si se molestaran en pensar un poco, quizá lo escupirían...-
Se acaba el batido. Doy los últimos sorbos pero en lugar del fresco y balsámico néctar sólo obtengo aire. Se acabó el paréntesis. Toca
guardar el libro, pagar y despedirse de camarero y parroquianos. Toca dejar la isla de frescor y adentrarse de nuevo en el infierno abrasador. Toca dejar los elevados pensamientos y la reflexión por volver a la realidad: verano, playa, paseo vespertino, cena, ordenador y cama.
Mañana será otro día.

01:00 | cuervoingenuo | 33 Comentarios | #




		
 

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